La gracia es que cada día nos aleja un poco más de lo normal.
El viernes sólo avanzamos. El sábado nos regalamos Granada: hotel pequeño, ciudad, un cóctel y cena. El domingo por la mañana hacemos una última inmersión en la civilización —la Alhambra— y después conducimos hacia Gorafe. El clímax no es la bicicleta: es llegar a DistrictHive al atardecer, apagar el teléfono, preparar dos cócteles y dormir solos frente al desierto. El lunes, al despertar, recorremos en gravel el paisaje que hemos estado mirando desde la cama y acabamos el viaje en una casa-cueva. Es un viaje de transición: carretera → ciudad → silencio → bicicleta → tierra.
